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Subidas a Alhama

Siete décadas de subidas a Alhama

De pequeño, siempre tuve como el sueño de bajar andando desde Alhama a Almería atravesando por lo más salvaje e inhóspito de la sierra de Gádor, ese lugar donde campea a sus anchas la abulaga, el esparto y no hay ni un triste árbol que pueda dar sombra. Hablando con los mayores que hicieron ese recorrido, la mejor información que conseguí fue que había que subir por “la cuesta del palo”, nombre que le dieron nuestros antepasados a la zona más difícil de afrontar donde había que ayudarse de un palo para subir una pesada cuesta, pero sin mapas y sin más referencias, apenas era una información relevante para afrontar la travesía con garantías.

El intento frustrado a mediados de los 60

A mediados de los años 60s, organizados por el sacristán de entonces, hicimos las típicas excursiones a los “Mámoles” y la río Andarax asequibles para nuestra edad que entraba ya en la adolescencia, pero bajar a Almería era otro nivel más arriesgado y exigente y por eso declinaron muchos amigos la invitación a hacer la travesía. Con tanta insistencia logré a final convencer a Pepito “el panadero” y a Manolico Sergi para que me acompañaran en aquella bajada. La verdad es que me daba miedo de solo pensarlo, pero había acumulado una enorme ilusión de llegar a la playa de Almería para bañarnos y después subir por la tarde en la Alsina de nuevo a Alhama.

Además de echarnos un bocadillo, también llevamos algunos aperos para hacer una ensalada del siguiente modo: Pepito llevaba el aceite, Sergi una cebolla y yo los tomates. Por supuesto cada cual llevaba una cantimplora con agua. Íbamos tan ilusionados el día de la bajada con nuestras modestas mochilas, Pepe y yo, las que teníamos por asistir al campamento falangista Juan de Austria y Sergi con una humilde talega del pan. No había mucho más en esa época donde predominaba una escasez difícil de entender en el tiempo en que estamos.

Todo fue bien hasta llegar a Fuente Rey, un humedal formado de forma natural en el lecho del barranco del Cuchillo. En medio de un entorno seco, era un lugar paradisiaco por entonces, ya que siempre solía tener agua que aparecía milagrosamente del subsuelo, en periodos más secos. El lugar se adornaba con un hermoso e inusual verde de juncales y cañaverales que los rebaños tan usuales entonces, con su continua siega, mantenían a raya en un ecosistema bastante equilibrado. Nuestro oasis alhameño.

Después subimos una cuesta empedrada que decían era romana y así llegamos un poco más allá a las “Minas de Azufre de Gádor”, que eran construcciones que, en aquel entonces, nos parecieron fantasmagóricas más bien porque nunca vimos nada igual en nuestro pueblo. Tenían unas cúpulas algunas ya desechas por el tiempo y, a juzgar por su aspecto, parecían extracciones correspondientes a diferentes épocas desde la época romana hasta el siglo XIX.

Después llegamos a una rambla -años después me enteré que se llamaba “rambla de las Balsas”- donde había un hermoso cortijo-palacete que nos llamó la atención y seguimos rambla abajo. Solo años después supimos que fue ahí donde nos equivocamos, pues la cuesta del Palo estaba rambla arriba. De cualquier modo, el descenso de la rambla nos hizo pensar que el camino nos llevaría a las playas de Almería. Llevamos un buen rato caminando cuando divisamos a dos hombres que se habían hecho una pipirrana y se disponían a devorarla al fresco de una arboleda en aquel día de verano. Le preguntamos si íbamos bien para Almería y la respuesta nos cayó como un cubo de agua fría: “si seguís rambla abajo a donde llegáis es a Gádor y más allá a Benadux” y después Almería, pero eso ya os pilla tan lejos que vais a llegar de noche”.

Con la moral por los suelos, invadidos por una profunda tristeza, decidimos no continuar y volver por donde vinimos. Fue difícil recuperarnos del desengaño y la vuelta se nos hizo más difícil. Si bajando las piernas las movía el sueño, la subida las retenía la decepción. Ya pasado el mediodía y con mucha hambre, llegamos a Fuente Rey que, de alguna manera, nos sirvió de bálsamo para intentar recuperarnos. Aprovechamos el frescor del oasis para poner los tomates a refrescar en el cristalino caudal de agua que permanecía todo el año, incluso en verano. Mientras, comenzamos a tomarnos el bocadillo y nos pusimos a charlar animadamente sobre todo lo sucedido.

Al rato, cuando fuimos de nuevo a coger los tomates vimos que habían desaparecido y solo quedaba algo de su parte verde, y es que en ese tiempo paso uno de los muchos pastores de cabras que había por entonces y aunque lo vimos llegar, no caímos en la cuenta del descalabro que podía ocasionar. Las cabras cumplieron su misión de comer todo lo que se les ponía a tiro. Esto nos supuso una nueva decepción.

Entonces para animar la situación se me ocurrió decir que las ensaladas también se hacen solo con aceite y cebolla, y aunque mis acompañantes vieron aquella idea como discutible, pero al final, aconsejados por el hambre, vimos que no era tan mala idea acompañar los bocadillos con cebolla y aceite. Jamás en la vida olvidaré aquel sabor que aderezó para bien nuestro sabor amargo por el fracaso. Más tristes que otra cosa volvimos a nuestras casas, no sin antes recibir un abrazo de consuelo al pasar por “la Puente” y sacar fuerzas de flaqueza para subir la “cuesta de la Calera

Los intentos en los años 90

Aquel sueño de la adolescencia nunca se disipó ni aun pasando decenas de años. Así que lo retomé de nuevo más en serio a finales de la década de los 80s y principios de los 90s, pero como ya vivía en Almería, pensé que, para reconocer el camino, igual daba hacerlo en sentido contrario subiendo a Alhama. Me lo tomé con paciencia y, en primer lugar, en solitario hice una incursión aprovechando que por Almería el camino estaba mejor definido, Así que retomé ese sendero antiguo hasta donde me llevara (aún no lo había cortado la autovía). Comprobé que el camino a la salida de Almería estaba casi intacto con gruesas piedras alineadas a ambos lados y un par de kilómetros más adelante, por donde se empezaba a empinar, el camino quedaba bien delimitado por balates de piedra que seguían el zigzagueante trazado para salvar la fuerte inclinación.

Esos primeros tramos bien marcados me hicieron pensar que no sería difícil la subida a Alhama. Sin embargo, las esperanzas se fueron diluyendo pues, a partir de una cota alta donde se divisa una preciosa panorámica de la ciudad, el camino se desvanece por las erosiones del tiempo y se hacía dubitativo al verse marcado por varios sitios. De hecho, en varias incursiones que hice posteriormente, hay indicios de camino a un lado u otro de una colina que terminan confluyendo al otro lado. En esa época, durante la década de los 90, mantuve un trabajo de indagación del cual disfrutaba, pues a pesar de que la sequedad del suelo hace que la vegetación del lugar se limite al matorral, sin presencia de árboles, es mi sierra dónde me moví más allá de mi casa durante mi adolescencia y cualquier descubrimiento era motivo de alegría.

Todo cambió cuando a la tercera o cuarta incursión que hacía de vez en cuando y sin un plan preconcebido, vi que la vereda atravesaba por medio de un roquedal y al otro lado daba a un vallecillo surcado por un barranco poco profundo. En medio de valle, el camino pasaba al lado de un aljibe con agua estancada cuyo techo estaba derruido, lo cual me pareció una bella construcción ancestral y fue que, indagando en una subida posterior, entre los muchos seres orgánicos que se crean en ambientes acuosos, había unos misteriosos hilos gelatinosos que contenían equidistantes, pequeñas bolitas negras. El hallazgo me pareció sorprendente ¿cómo la naturaleza podría generar algo tan bello y con tanta precisión geométrica? En mi mente quedó como un misterio que no pude descifrar, sino varios años después, cuando en otro lugar de la misma sierra, en una charca del barranco Ramón, vi la misma formación gelatinosa en un lugar donde había ranas; y fue entonces que caí en la cuenta: “eran los huevos de este anfibio”.

Una vez descubierto el valle del aljibe, que a falta de un topónimo mejor lo terminé llamando “Vallecillo”, las incursiones las hacía más lejos y en menos tiempo. Así al final del valle, descubrí una construcción derruida con paredes sin techo que pudiera ser de un antiguo cortijo y su cercanía al barranco, me hizo pensar que pudieran aprovechar sus eventuales aguas para sobrevivir en los tiempos de escasez de la postguerra o quizá fuera una venta dada su situación pegada al camino sin los bancales habituales.

Un poco más allá hay que atravesar un roquedal, motivo por el cual el barranco cambia la dirección de su curso. Una vez atravesada la zona que en algunos sitios se percibe el antiguo camino por las hendiduras en roca a punta de cincel, se llega de nuevo a la cuenca del barranco donde esperaba una vagoneta vieja y oxidada cuya presencia pude entender cuando levanté la vista y ví las laderas de la montaña plagada de escombros en forma de conos de piedra propios de la actividad minera que hubo en otros tiempos no lejanos en la sierra de Gádor.

El camino sigue bien marcado al otro lado del barranco en una interminable cuesta hasta llegar a unos peñascos que hay en lo alto a los que, con el tiempo terminé llamando “Peñicas Altas”. Una vez pasado otra vez el mismo barranco, continúan la zona de escombreras asociadas a sencillas construcciones cuadrangulares que servían de amparo de los mineros, y que por el tiempo pasado se encontraban sin techo y en mal estado. Después se abre una zona donde hay multitud de opciones para llegar hasta un cortijo de cazadores (en una incursión hablé con uno) que se ve a lo lejos con una hermosa “era de trilla” bastante bien conservada a su costado. A partir se da paso a un nuevo valle más amplio con dos aljibes en buen estado que denota que hasta hace poco había cierta actividad agrícola. Ayudándome de algunos mapas, calculé que estaba a la mitad del camino Almería-Alhama.

Primera subida del Almería a Alhama

Con toda esta información reunida en mi decena de incursiones, busqué compañía entre los allegados más cercanos, pues intuía que lo que quedaba no lo iba a tener fácil. Cierto que desde Alhama a las Minas de Gádor sí lo conocía desde mi adolescencia, pero se me antojaba que entre las Minas y el Valle estaba todo por descubrir, justo donde la orografía muestra alturas entre 600 y 650 metros. Presentía, como así comprobé después que “la cuesta del palo” sería una parte importante de esa zona por descubrir. Finalmente, se animaron para ayudarme en la aventura, mi hermano Juan Manuel y mi cuñado Luis, lo cual me pareció excelente pues los dos son muy habilidosos para interpretar mapas, de los cuales echamos unos cuantos.

Comenzamos, como yo solía hacer, desde la rambla Belén por detrás de la vega de una casa señorial para ascender al sitio donde está los mejores vestigios del antiguo camino que está jalonado a un lado y otro por grandes piedras que lo delimitan. En la subida quedamos prendados de una gran balsa bastante profunda donde nos hicimos algunas fotos. Después, en franca subida se llega hasta una torre de la luz donde hay una espectacular vista de la ciudad de Almería, su bahía y, más allá, el parque natural de Cabo de Gata.

Más adelante el camino no está tan bien marcado y se pierde por momentos, pero por ahí no tenía problema para saber la buena dirección, Tras atravesar el vallecillo del aljibe derruido, avanzamos sin mayores problemas hasta “Peñas Altas” por el camino que yo tenía trillado. Para llegar hasta el cortijo de los cazadores junto a la era de trilla, a falta de un camino mejor marcado, avanzamos cada uno por donde mejor nos pareció y de ahí atravesamos el valle de los dos aljibes hasta llegar a la zona desconocida para mí donde el camino iniciaba una fuerte y larga subida que lleva a una nueva torre eléctrica. Allí, consultando los mapas, sugerían dirigirnos hacia la colina que había a la derecha, un tramo donde lo mejor que había marcado eran las temidas abulagas. Al otro lado de la colina, ya en descenso, había un llano que todavía contenida vestigios de actividad agrícola pero la ausencia de senderos hizo que cada cual bajara por sitios diferentes si bien al pasar los bancales sí que había alguna vereda que se dirigían a unas peñas donde se iniciaba lo que parecía una larga bajada.

Ese lugar, con diferencia, fue el que más nos obligó a usar mapas, dedicando un precioso tiempo para precisar por dónde bajar. El entorno era pura sierra llena de pinchosas abulagas, espalto y otros matorrales. La ausencia de árboles daba impresión de estar en medio de una naturaleza bien salvaje. Tras varias tentativas fallidas, vimos que lo más franco era bajar por el centro del valle, pero salvando un barranco que había a la izquierda. Unos pósteres de la luz antiguos nos orientaron algo y además intuimos que aquella zona era posiblemente la que en Alhama llamaban “la cuesta del palo”.

A

proximadamente a la mitad de la bajada que con por los tanteos, retrocesos y parones, nos llevó unas dos horas, vimos a lo lejos nuestro objetivo: el pueblo de Alhama, lo que fue motivo de una alegría indescriptible, casi a la altura del descubrimiento de América por Cristóbal Colón. Seguimos bajando y una hora más tarde llegamos a una rambla, donde agotados de tanta bajada, paramos a comer algo. No sabíamos por dónde tirar, pero los mapas sugerían que lo más lógico era bajar por la rambla. Al final tras unos álamos, vimos que había campos cultivados y unos cortijos que los entendimos como una buena señal, y más aún cuando un poco más allá divisamos las famosas “Minas de Azufre de Gádor” que, unos 25 años antes vimos en aquella primera intentona para alcanzar las playas de Almería.

Así que, conociendo más o menos el resto de camino hasta Alhama, las tensiones de explorar lo desconocido se fueron aliviando, no así el cansancio que se fue acumulando más y más, pero compensado con la alegría de finalizar la travesía con éxito. Las constantes subidas y bajadas de una orografía tan típica de la Sierra de Gádor, por un camino pedregoso, no ayudaba a aliviar el agotamiento. Hasta que llegamos a Fuente Rey donde pudimos descansar un rato a la sombra, aunque la acogida distó de aquella de antaño, pues se notaba que el sitio había sido removido por alguna maquinaria, que hizo perdiera su encanto natural. Poco quedaba de aquel paraíso que nos acogió cuando de adolescentes nos tomamos el seco bocadillo con la ensalada de cebolla, sal y aceite porque las cabras se habían merendado los tomates.

Después del descanso, continuamos por una cuesta empinada seguida de una bajada a la Puente, el monumento más emblemático de Alhama. Ya solo quedaba subir la empinada “Cuesta de la Calera”. Y así fue como llegamos al parque de Nicolás Salmerón rodeado de las primeras casas de Alhama, totalmente agotados, pero con una alegría que no cabía en nuestros maltrechos cuerpos. Estuve varios días con dolor en las plantas de los pies que me obligó a cojear para poder andar.

Subidas posteriores hasta la actualidad

Por fin, conocido el camino, las subidas a Alhama se convirtieron en un ritual. Al año siguiente el 25 de enero subí con Rosalía, paisana y compañera de la Universidad de Almería y un amigo suyo.

En años sucesivos subí con mi hijo, aunque lamentablemente están sin documentación gráfica. Pero recuerdo que, en una de las subidas, íbamos tan rápidos bajando la “rambla de las Balsas” que se quejó mi hijo de tanta rapidez de modo que se quedó entre nosotros, en posteriores salidas, la frase de “a ritmo de rambla” para señalar que llevamos un andar excesivamente rápido, lo cual siempre fue motivo de risas. Recuerdo el día que, al ir a despertarlo para nueva subida, me dijo “papa hoy no tengo ganas, sube tú”. Entonces comprendí que prefería las juergas adolescentes al severo esfuerzo que impone la Sierra de Gádor cuando se anda por ella. Así fue que, por algún tiempo dejo de subir conmigo. Años después lo rescaté para nuevas salidas, sobre todo para las subidas otoñales al norte, una rutina anual que tanto me gusta. Las subidas a Alhama me llenaron de anécdotas, más o menos agradables, pero todas muy aleccionadoras.

Hubo un tiempo que se asentó por la zona un grupo de perros abandonados que molestaban con sus ladridos al cruzar el barraco camino a “Peñas Altas”. Con el tiempo, el grupo fue creciendo hasta convertirse en una jauría y el paso por el barranco se hacía bastante molesto. Por esa misma época, me gustaba hacer las salidas a Alhama cada vez más temprano, incluso de noche, pues así tenía más tiempo para ducharme en casa de mis padres y disfrutar del ambiente familiar. Un día me levanté a las 4 de la madrugada y llegué a la zona de los perros, cuando todavía era noche cerrada sin luna. Al cruzar el barranco, oí los ladridos cada vez más cercanos, el miedo que sentí me hizo que me alejara del sonido sin atender al camino de subida a las peñas. Eso me llevó a subir por un terreno abrupto lleno de rocas sueltas y matorrales diversos, cuya única orientación era alejarme de los ladridos. De este modo, subí y subí sin parar hasta que los ruidos se fueron disipando. Sin ninguna referencia visual y con el corazón a cien, ví que lo más razonable era no avanzar más en ninguna dirección esperando algo de luz que me orientara, Busque una roca que me acogiera un rato y espera un buen rato. Con las claras del día pude comprobar que estaba en lo alto de colina y ví a lo lejos “Peñas Altas”. Tuve que andar “campo a través” para de nuevo reincorporarme al camino y proseguir hasta Alhama.

A finales de los años 90 hice otra subida con mi cuñado Luis que la recuerdo nítidamente porque bajando la rambla de las Balsas, justo por donde hay unos cortijos y un poco antes de tomar el desvío para las Minas de Gádor, se nos acercó cojeando y dolorido una persona rodeada de cabras pues en algún sitio del lugar le cayó una piedra que le partió la pierna. Ante esta grave situación, decidimos que Luis fuera hasta el pueblo de a Gádor que está a unos 10km de allí, para dar aviso a la guardia civil mientras yo me quedaba consolando al pastor. Resulta que no era de la zona sino de Guadix y había sido contratado por alguien del pueblo para sacar a las cabras, con tan mala fortuna que le cayó en la pierna una lastra cerca de donde estábamos. Todavía me pregunto que hizo el buen hombre para que una roca pesada cayera en su pierna, lo cual siempre me quedará como un misterio. Pasada una hora, quizá más, apareció la guardia civil que imagino lo ingresarían en un hospital y nosotros continuamos para Alhama.

Con la experiencia adquirida en más de uno docena de subidas a Alhama, mi sobrino Pablo me pidió que le hiciera de guía a él y algunos amigos. Esa subida la hice el 2 de enero de 2007 y cuál fue mi sorpresa que cuando pasábamos por “la Puente” estaba en marcha la restauración realizada por la familia Picón, una empresa de Alhama dedicada a la restauración de edificios antiguos con bastante éxito.

Una subida singular por los muchos que nos apuntamos: Porfirio y su hijo Raúl, Diego, Lisardo, Alfredo y yo, tuvo lugar el 1 de mayo de 2009. Fue también peculiar porque a la altura de la Puente nos desviamos a nuestro cortijo de Huechar. A mi sobrino Raúl cuando apenas se iniciaba en la adolescencia le gustó tanto la experiencia, que dos años después, el 13 de noviembre de 2011 subimos de nuevo, y como algo propio de su edad, propuso subir corriendo siempre que el terreno lo permitiera, ya que hay muchas cuestas empinadas y las propias limitaciones del cuerpo. Fue el primer intento de bajar el tiempo que se tardaba en la travesía.

En años sucesivos, lo de bajar los tiempos en la subida de Almería a Alhama se hizo algo obsesivo y con tal fin me inventé una toponimia (me vi con derecho) y optimizar al mínimo los tiempos de paso en cada tramo, especificando si se podría hacer o no corriendo. En esa tabla iba poniendo cada vez que subía los tiempos de paso y así fue como el 6 día de octubre de 2012 logré rebajar el tiempo a 3 horas y 50 minutos cuando lo normal era hacer de 5 a 6 horas. Tras el logro, alivié mi preocupación por bajar los tiempos acuñando la idea de que “la subida a Alhama es dura y no conviene trivializarla, mejor disfrutar cada momento”. Casi todos los años hubo nuevas subidas, pero no todas documentadas con fotos.

En el año 2017 formamos un grupo de corredores que salíamos por Almería unas tres o cuatro veces por semana. A la sombra del hermanamiento que nos profesábamos, se me ocurrió que sería magnífico cambiar un día de carrera por una subida a Alhama y celebrar la subida con una buena comilona en algún bar del pueblo. A todos les pareció una idea estupenda y el 26 de diciembre hicimos la subida de otras que quedaban por venir. La foto se tomó en La Puente.

En septiembre de 2020 Paco Rodríguez Vázquez y yo comenzamos a hacer una serie de salidas de rutas cercanas a la sierra de Alhama. Entre ellas, se nos ocurrió hacer también hacer la ruta, pero en esta ocasión invirtiendo la dirección desde Alhama a Almería que, para mí, esta bajada era inédita. También fue una experiencia muy agradable sobre todo porque casi todo el tiempo las cuestas se tomaban bajando. Esta salida se hizo el 17 de octubre de ese año.

Al año siguiente el 01 de enero de 2021 subimos a Alhama cinco compañeros del grupo de corredores. La iniciativa de subir en esa fecha tan señalada fue por esa romántica idea que tenía Paco de subir a Alhama todos los inicios de año. Con este grupo y algunos más que se apuntaron hicimos la última subida el 02 de enero de 2003.

También en 2024 se ha realizado la subida a Alhama el 1 de enero, pero en esta ocasión solo nos apuntamos Paco y yo (foto en la Puente). No sabemos qué futuro deparará a estas subidas a Alhama, pero no nos cabe duda es que mientras tengamos buenas las piernas, es muy posible que Paco y yo, y los que se quieran apuntar, seguiremos subiendo a Alhama todos los inicios de año: qué mejor tributo podemos dar al pueblo que nos crio y dio cobijo.

 

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